no le saca la vuelta a la ley

La Creación

Publicado: 2012-08-20

Por: Viana Rodríguez Escobar

Ha pasado casi un año sin que yo escriba una piedad para este blog. Mis compañeros se echaron al hombro el trabajo y me concedieron lo que les pedí: un año sabático.

La primera razón que les di para que me otorgaran esta "licencia" fue que había comenzado un nuevo empleo que me exigía muchísimo tiempo. No lo tomaron muy bien y me pusieron cara de "nosotros también tenemos trabajos". Sin embargo, fue la segunda razón la que los convenció: ¡iba a ser mamá! Reacción: gritos de alegría que espantaron a los gringos de la mesa de al lado en El Cordano, seguido de los habituales "tómate todo el tiempo que quieras", "¿ya sabes que va a ser?", "¿estas cómoda en esa silla?". Por eso, agradezco a Alfredo y a Daniel, mis cobloggers y, sobre todo, mis amigos, por este año sabático y por haber disfrutado conmigo la espera de Joaquín.

Los primeros meses del embarazo fueron pesadísimos: náuseas, vómitos, inapetencia, sueño. Dejé a un embajador con la palabra en la boca por salir corriendo al baño, le bostecé a varios funcionarios públicos en la cara y cada vez que comenzaba una reunión y me preguntaban "¿Desea algo?", todos volteaban a mirarme a ver qué respuesta disparatada según mis antojos (que iba desde “tostadas con mermelada” hasta “leche de tigre”) podía dar en lugar del regular “agua” o “café”.

Ahora dos meses después de que Joaquín salió de mi panza para entrar de lleno en mi vida, y para estar a tono con el tema, vengo a hablarles de La Creación. Pero no vayan a pensar que me he vuelto predicadora ¡Nada más lejos de la realidad! Me refiero a la obra de Miguel Ángel.

Corría el año 2005 cuando me fui, junto con una amiga de la infancia, de mochilera por Europa, con siete mudas de ropa, una guía Lonely Planet, poco dinero y mucho entusiasmo.

Moríamos de ganas de llegar a Italia porque en nuestro colegio el curso de Historia del Arte había sido fabuloso. Cuando llegamos a Roma nos organizamos para amanecernos un día en la calle lateral de la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Teníamos que ver La Capilla Sixtina.

Sabíamos que al llegar a la Capilla habría público, así que queríamos ser muy ordenadas para ver todo lo que queríamos ver. Pero nos encontramos con un mar de gente, japoneses que se subían a donde podían para tomarse fotos con su típico gesto de la mano, españoles que se colaban por todos lados, griegos que hablaban gritando, italianos que hablaban gritando más fuerte y, para rematar, el popular grito de los guardias de seguridad “NO PHOTO!”.

Me acomodé sentada en el suelo hasta resbalarme y quedar acostada, donde nadie me veía, y tomar fotografías de “La Creación de Adán”, sin flash.

Autor: Viana Rodríguez Escobar

De salida especulábamos con mi amiga el por qué de la prohibición de tomar fotos: ella decía que era para conservar las obras en mejor estado, y yo, que era para poder vendernos las postales en la tienda del Museo.

Hace un año, justo antes de iniciar mi año sabático, Alfredo me pasó esta noticia que acabo de leer y creo que el autor de la noticia se equivoca rotundamente. En la nota narran que los frescos de la Capilla Sixtina habían terminado de ser restaurados en 1999 (hasta ahí todo bien), pero el párrafo que llamó mi atención fue el siguiente:

“Fueron 15 años de tareas ininterrumpidas en las que la cadena de televisión japonesa Nippon Television Network (NTN) invirtió 12 millones de dólares. A cambio se aseguró todos los derechos de reproducción de las obras.”

¿Los derechos de reproducción de las obras de la Capilla Sixtina? ¿Esas obras que están en dominio público hace chorrocientos años? ¡Imposible! Los derechos patrimoniales de autor (reproducción, distribución, transformación y comunicación pública) brindan al titular de la obra un periodo de tiempo limitado (la vida del autor más 70 años después de su muerte) para poder lucrar con su obra, sin embargo luego de ese periodo (al que muchos le critican que dure tanto), la obra pasa a dominio público, es decir, cualquiera puede utilizarla, respetando los derechos morales. Entonces, ¿cómo es que esa cadena de televisión japonesa reclama los derechos de reproducción de las obras?

¿O es que el reportero estaba hablando de los derechos de reproducción de la restauración? Aún así se estaría equivocando, porque no existe suficiente originalidad en la restauración para que sea considerada obra por lo que no generaría derechos de ningún tipo.

Así que creo que deberán seguir buscando pretextos para atribuirse exclusividad en los derechos de reproducción y yo seguiré pensando que todo es una excusa para vendernos postales.


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